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EL AMOR POR ENCIMA DE LA LEY

Un hombre, su caballo y su perro caminaban por una calle. Después de mucho andar, el hombre se dio cuenta de que tanto él, como su caballo y su perro habían muerto en un accidente (a veces los muertos toman tiempo para comprender su nueva condición). La caminata era muy larga, montaña arriba; el sol era fuerte, y ellos estaban cansados, sudados y tenían mucha sed. Necesitaban desesperadamente agua. En una curva del camino vieron una puerta magnífica, toda de mármol, que conducía a una plazoleta con piso de oro, en el centro de la cual había una fuente de la que manaba agua cristalina. El caminante se dirigió al guardián que, dentro de una ornamentada casilla, vigilaba la entrada.
"Buenos días", le dijo. 
"Buenos días", respondió el guardián. 
"¿Qué lugar es este, tan lindo?" preguntó el hombre. 
"Éste es el Cielo", fue la respuesta. 
"¡Qué suerte que llegamos al Cielo! Estamos con mucha sed", dijo el hombre. 
"Pues el señor puede entrar y beber agua a voluntad", contestó el guardián, indicándole la fuente.
"Mi caballo y mi cachorro también están sedientos", comentó el hombre. 
"Lo lamento mucho", dijo el guardián, "pero aquí no se permite la entrada a los animales". 
"Pero ellos me han acompañado siempre", dijo el hombre.- El guardián se limitó a menear la cabeza negativamente.
El hombre quedó muy desilusionado, porque su sed era grande, pero decidió no beber si sus amigos no podían hacerlo. Así que prosiguió su camino. 
Después de mucho caminar montaña arriba, con sed y cansancio multiplicados, llegaron a un sitio cuya entrada estaba marcada por una vieja puerta entreabierta. La puerta se abría hacia un amplio camino de tierra, con verdes árboles a ambos lados que brindaban buen cobijo del sol. A la sombra de uno de ellos había un anciano de blanca barba, apoyado sobre el tronco; parecía adormilado, con la cabeza cubierta por un sombrero. El caminante se aproximó. 
"Buenos días", le dijo. 
"Buenos días", respondió el anciano. 
"Estamos con mucha sed, mi caballo, mi perro y yo. ¿Hay algún lugar donde podamos encontrar agua?"
"Detrás de aquellos matorrales hay un manantial", contestó el anciano. "Pueden beber a voluntad".
El hombre, el caballo y el perro fueron hasta el manantial, y finalmente pudieron calmar la sed y refrescarse. Al volver hasta donde estaba el anciano, el hombre le agradeció. 
"Pueden volver cuando quieran", fue la respuesta. 
"A propósito", dijo el caminante, "cuál es el nombre de este lugar?"
"Están en el cielo", contestó el anciano con una sonrisa. 
"¡Pero no es posible!" exclamó el hombre. "El guardián que estaba al pie de la montaña, junto al gran portal de mármol, nos dijo que el Cielo era aquel!"
"No, aquello no es el cielo, es el infierno."
El caminante quedó perplejo.- "Pero entonces, esa es una información falsa, y puede causar grandes confusiones!!!"
"De ninguna manera", respondió el anciano.- La verdad es que ellos nos hacen un gran favor, porque allá se quedan aquellos que son capaces de abandonar a sus mejores amigos…"
(Anónimo)

LAS PERLAS
Jenny era una linda niña de cinco años de ojos relucientes. Un día mientras visitaba la tienda junto a su mamá, Jenny vio un collar de perlas de plástico que costaba 2.50 dólares. ¡Cuánto deseaba poseerlo!. Preguntó a su mamá si se lo compraría, y su mamá le dijo:
"Hagamos un trato, yo te compraré el collar y cuando lleguemos a casa haremos una lista de tareas que podrás realizar para pagar el collar, ¿está bien?".
Jenny estuvo de acuerdo, y su mamá le compró el collar de perlas.
Jenny trabajó con tesón todos los días para cumplir con sus tareas. En poco tiempo Jenny canceló su deuda. ¡Jenny amaba sus perlas!. Ella las llevaba puestas a todas partes: al kinder, a la cama, y cuando salía con su mamá.
Jenny tenía un padre que la quería muchísimo. Cuando Jenny iba a su cama, él se levantaba de su sillón favorito para leerle su cuento preferido. Una noche, cuando terminó el cuento, le dijo:
"Jenny, ¿tú me quieres?",
"Oh, sí papá".
"Entonces, regálame tus perlas," le pidió él. "¡Oh, papá! No mis perlas," dijo Jenny. "Pero te doy a Rosita, mi muñeca favorita. ¿La recuerdas?, tú me la regalaste el año pasado para mi cumpleaños. Y te doy su ajuar también, ¿está bien, papá?",
"Oh, no hijita, está bien, no importa", dándole un beso en la mejilla. "Buenas noches, pequeña".
Una semana después, nuevamente su papá le preguntó al terminar el diario cuento:
"Jenny, ¿tú me quieres?",
"Oh, sí papá, ¡tú sabes que te quiero!", le dijo ella.
"Entonces regálame tus perlas".
"¡Oh, papá! No mis perlas; pero te doy a Lazos, mi caballo de juguete. Es mi favorito, su pelo es tan suave y tú puedes jugar con él y hacerle trencitas".
"Oh, no hijita, está bien," le dijo su papá dándole un beso en la mejilla, "Felices sueños".
Algunos días después, cuando el papá de Jenny entró a su dormitorio para leerle un cuento, Jenny estaba sentada en su cama y le temblaban los labios, "toma papá" dijo, y estiró su mano. La abrió y en su interior estaba su tan querido collar, el cual entregó a su padre. Con una mano él tomó las perlas de plástico y con la otra extrajo de su bolsillo una cajita de terciopelo azul. Dentro de la cajita había unas hermosas perlas genuinas. Él las había tenido todo este tiempo, esperando que Jenny renunciara a la baratija para poder darle la pieza de valor.
Y así es también con nuestro Padre Celestial. Él está esperando que renunciemos a las cosas sin valor en nuestras vidas para darnos preciosos tesoros. ¿No es bueno el Señor?. Esto me hace pensar las cosas a las cuales me aferro y me pregunto: ¿qué es lo que Dios me quiere dar en su lugar?.


EL ALPINISTA

Cuentan que un alpinista, desesperado por conquistar el Aconcagua (de casi 7000 metros de altura, y cubierto en su mayoría de nieve) inició su travesía después de muchos años de preparación. Pero quería la gloria para él solo, así que emprendió la aventura sin compañeros. 
Empezó a subir, y se le fue haciendo tarde, y más tarde. Lejos de prepararse para acampar, siguió subiendo, decidido a llegar a la cima.
No tardó mucho en oscurecer. La noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña, ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era negro, nada de visibilidad, no había luna y las estrellas eran cubiertas por las nubes.
Fue entonces que, subiendo por un acantilado (a sólo cien metros de la cima), se resbaló y se desplomó hacia el vacío por los aires. Caía a una velocidad vertiginosa, lo único que podía ver eran veloces manchas más oscuras que pasaban en la misma oscuridad, y todo lo que podía sentir era la terrible sensación de ser succionado por la gravedad.
Seguía cayendo... y, en esos angustiantes momentos, le pasaron por su mente todos los momentos de su vida, los gratos y los no tan gratos. Él pensaba que iba a morir... sin embargo, de repente, sintió un tirón muy fuerte que casi lo parte en dos.
Sí... como todo alpinista experimentado, había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo amarraba de la cintura. En esos momentos de quietud, suspendido en el aire, no pudo más que gritar: ¡Ayúdame, Dios mío...!
Y de golpe, lo inesperado. Una voz grave y profunda surgió de los cielos para responderle:
¿Qué quieres que haga, hijo mío?
¡Sálvame, Dios mío!
¿Realmente crees que te pueda salvar?
Por supuesto, Señor...
Entonces, corta la cuerda que te sostiene.
Hubo un momento de silencio y quietud. El hombre se aferró más a la cuerda y reflexionó...
Cuentan que el equipo de rescate que fue a buscarlo se sorprendió al encontrarlo colgado, congelado, muerto, agarradas con fuerza las manos a una cuerda... a tan sólo dos metros del suelo.



¿CUÁNTO CUESTA UN MILAGRO?
(Una historia real)
 Tess era una niñita, algo precoz, de ocho años, cuando escuchó a sus padres hablar de su hermanito menor Andrés. Todo lo que pudo entresacar de la conversación fue que Andrés se hallaba muy enfermo y la familia no tenía dinero. Hasta tal punto esto era así que estaban obligados a cambiar de casa a otra más pequeña porque el padre no podía seguir pagando la cuenta del médico y la hipoteca de la casa en la que vivían.
A Andrés sólo podía salvarlo una cirugía muy costosa y todo parecía indicar que la familia no tendría forma de conseguir el dinero.
-"Sólo un milagro podría salvarlo ahora- oyó la niña que el padre le decía en un susurro con desesperación apenas contenida, a una madre que no podía ocultar las lágrimas.
Tess fue a su dormitorio y sacó el bote de mermelada escondido en las profundidades del ropero. Vertió sobre la alfombra todas las monedas que había en él y las contó con mucho cuidado. Para estar segura, las contó tres veces. Sentía que, por alguna misteriosa razón, no podía equivocarse.
Las tres veces llegó a la misma cantidad. Segura de no haberse equivocado, metió otra vez las monedas dentro del bote, enroscó la tapa y, sin decir nada a nadie, se escabulló con él por la puerta trasera de la casa. Caminó unas 6 manzanas hasta la farmacia en la que siempre la familia había comprado los medicamentos.
Esperó pacientemente a que el farmacéutico le prestara alguna atención pero el hombre parecía estar demasiado ocupado justo en ese momento charlando animadamente con un caballero. Tess arrastró sus pequeños pies sobre el piso, tanto como para hacer algún ruido que llamase la atención pero, ¡nada!. Carraspeó, limpiándose la garganta con el sonido más desagradable que pudo producir pero, ¡otra vez nada!. Finalmente, cansada de pasar desapercibida, sacó una moneda del bote y la estrelló con fuerza sobre el mostrador. Ese recurso funcionó.
-"¿Qué es lo que se te ofrece?" -preguntó el farmacéutico algo molesto- "Estoy hablando aquí con mi hermano a quien no he visto en años." -agregó, sin esperar demasiado la respuesta de la niña.
Con el mismo tono de voz, bastante picada, Tess le respondió:
-"Bueno, yo también quiero hablarle de mi hermanito. Está muy, pero que muy enfermo... y quiero comprarle un milagro."
-"¿Un qué!? -preguntó el farmacéutico, pero la niña, sin hacerle mayor caso, prosiguió:
-"Se llama Andrés y tiene algo malo creciéndole adentro de la cabeza y mi papá dice que solamente un milagro puede salvarlo ahora. Así que: ¿cuánto vale un milagro?"
-"Lo lamento chiquilina, pero no vendemos milagros aquí. Desgraciadamente no te puedo ayudar" -respondió el farmacéutico, ablandándose un poco. Pero la niña no se dejó amilanar:
-"Escúcheme, tengo el dinero para pagarlo. Y si no alcanza, voy a conseguir el resto. Solamente quiero saber cuánto cuesta."
El hermano del farmacéutico era un caballero muy bien vestido. Hasta ese momento había permanecido en silencio pero, ante el cariz que estaba tomando la conversación, bajó sus ojos hacia la niña y le preguntó muy amablemente:
-"¿Y qué clase de milagro necesita tu hermano exactamente?"
-"No sé." -respondió la niña con voz triste- "Solamente sé que está muy enfermo y mamá dice que hay que operarlo pero papá no tiene el dinero que hace falta. Así que quiero usar el mío y comprarle lo que necesita."
-"¿Y cuánto tienes ahí?" -quiso saber el caballero.
-"¡Un euro con once céntimos! -respondió Tess rápidamente. 
"Es todo lo que tengo por ahora, pero puedo conseguir más si hace falta..."
-"¡Bueno, pero qué casualidad!" -replicó sonriendo el hermano del farmacéutico- "Un euro con once céntimos es justo lo que vale un milagro para hermanitos enfermos."
La niña contó el dinero, el caballero lo recibió y lo guardó; luego puso una mano sobre el hombro de la niña y le dijo:
-"Bien. Ahora vamos a tu casa. Quiero ver a tu hermanito y conocer a tus padres. Veamos si tengo la clase de milagro que necesita. Si lo tengo, es un trato hecho. Si no llego a tenerlo, te prometo que te devuelvo todas las monedas."
El destino quiso que el hermano del farmacéutico fuera el Dr. Carlton Armstrong, en su momento, uno de los mejores neurocirujanos del mundo. La operación se llevó a cabo en forma gratuita y al cabo de unos meses Andrés se hallaba de regreso en su casa recuperándose favorablemente.
Sin embargo, el hecho es que ni Tess, ni Armstrong revelaron jamás a nadie la transacción que habían realizado en la farmacia. De alguna manera, permaneció siendo un pequeño secreto entre los dos.
-"Esa cirugía" -dijo la madre de Andrés muchos años más tarde- "fue un verdadero milagro. Lo que me pregunto es cuánto habrá costado en realidad."
Tess, convertida ya en una brillante profesional, sólo sonrió. Ella sabía exactamente el precio de un milagro: un euro con once céntimos... más la fe inquebrantable de una chiquilina de ocho años.
Un milagro no contradice lo que sabemos del Universo.
Es simplemente un hecho que responde a algo que todavía no conocemos y que solamente podemos, a veces, presentir.
Dios sigue tocando las vidas de mucha gente y haciendo que esos milagros sucedan.
Tu propia vida es un milagro Divino: puedes ver, tocar, sentir, oler, saborear, amar, perdonar...
Pero sobre todo PUEDES AYUDAR a tu prójimo

AMIGOS
Un día, cuando era estudiante de secundaria, vi a un compañero de mi clase caminando de regreso a su casa. Se llamaba Kyle. Iba cargando todos sus libros y pensé: "¿Por qué se estará llevando a su casa todos los libros el viernes? Debe ser un "traga".
Yo ya tenía planes para todo el fin de semana; fiestas y un partido de fútbol con mis amigos el sábado por la tarde, así que me encogí de hombros y seguí mi camino.
Mientras caminaba, vi a un montón de chicos corriendo hacia él. Cuando lo alcanzaron le tiraron todos sus libros y le hicieron una zancadilla que lo tiró al suelo. Vi que sus gafas volaron y cayeron al suelo como a tres metros de él. Miró hacia arriba y pude ver una tremenda tristeza en sus ojos. Mi corazón se estremeció, así que corrí hacia él mientras gateaba  buscando sus gafas.
Vi lágrimas en sus ojos. Le acerqué a sus manos sus gafas y le dije, "esos chicos son unos tarados, no deberían hacer esto". Me miró y me dijo: "¡gracias!". Había una gran sonrisa en su cara; una de esas sonrisas que mostraban verdadera gratitud. Le ayudé con sus libros.
Vivía cerca de mi casa. Le pregunté por qué no lo había visto antes y me contó que se acababa de cambiar de una escuela privada. Yo nunca había conocido a alguien que fuera a una escuela privada. Caminamos hasta casa. Le ayudé con sus libros; parecía un buen chico.
Le pregunté si quería jugar al fútbol el sábado conmigo y mis amigos, y aceptó.
Estuvimos juntos todo el fin de semana.
Mientras más conocía a Kyle, mejor nos caía, tanto a mí como a mis amigos.
Llegó el lunes por la mañana y ahí estaba Kyle con aquella enorme pila de libros de nuevo. Me paré y le dije: "Hola, vas a sacar buenos músculos si cargas todos esos libros todos los días". Se rió y me dio la mitad para que le ayudara.
Durante los siguientes cuatro años nos convertimos en los mejores amigos.
Cuando ya estábamos por terminar la secundaria, Kyle decidió ir a la Universidad de Georgetown y yo a la de Duke.
Sabía que siempre seríamos amigos, que la distancia no sería un problema. Estudiaría medicina y yo administración, con una beca de  fútbol.
Llegó el gran día de la Graduación. Él preparó el discurso.
Yo estaba feliz de no ser el que tenía que hablar.
Kyle se veía realmente bien. Era una de esas personas que se había encontrado a sí mismo durante la secundaria, había mejorado en todos los aspectos, se veía bien con sus gafas. Tenía más citas con chicas que yo y todas lo adoraban.
¡Caramba! Algunas veces hasta me sentía celoso... Hoy era uno de esos días.
Pude ver que él estaba nervioso por el discurso, así que le di una palmadita en la espalda y le dije: "Vas a estar genial, amigo". Me miró con una de esas miradas (realmente de agradecimiento) y me sonrió: "Gracias", me dijo.
Limpió su garganta y comenzó su discurso:
"La Graduación es un buen momento para dar gracias a todos  aquéllos que nos han ayudado a través de estos años difíciles: tus padres, tus maestros, tus hermanos, quizá algún entrenador... pero principalmente a tus amigos. Yo estoy aquí para decirles que ser amigo de alguien es el mejor regalo que podemos dar y recibir y, a este propósito, les voy a contar una historia".
Yo miraba a mi amigo incrédulo cuando comenzó a contar la historia del primer día que nos conocimos. Aquel fin de semana él tenía planeado suicidarse. Habló de cómo limpió su armario y por qué llevaba todos sus libros con él: para que su madre no tuviera que ir después a recogerlos a la escuela.
Me miraba fijamente y me sonreía. "Afortunadamente fui salvado. Mi amigo me salvó de hacer algo irremediable". Yo escuchaba con asombro cómo este apuesto y popular chico contaba a todos ese momento de debilidad.
Sus padres también me miraban y me sonreían con esa misma sonrisa de gratitud.
En ese momento me di cuenta de lo profundo de sus palabras:
Nunca subestimes el poder de tus acciones: con un pequeño gesto, puedes cambiar la vida de otra persona, para bien o para mal. Dios nos pone a cada uno frente a la vida de otros para impactarlos de alguna manera".

Los amigos son ángeles que nos llevan en sus brazos
cuando nuestras alas tienen problemas para recordar
cómo volar"


BUSCANDO EL AMOR

John Powell, profesor de la Loyola University de Chicago, escribió sobre un alumno de su clase de Teología llamado Tommy:
    Hace unos doce años, mientras observaba a mis alumnos de la universidad entrando en el aula para nuestra primera clase de Teología, vi a Tommy por primera vez.
    Tommy lucía una larga cabellera rubia, que caía  por debajo de sus hombros. Era la primera vez que veía a un joven con una cabellera tan larga. Me imagino que era lo que estaba de moda en esa época.
    Sabía muy bien que no es lo que está sobre la cabeza lo que importa, sino lo que está  dentro, pero ese día no pensé demasiado y catalogué a Tommy bajo la "E" de extraño...
    Tommy resultó ser el "ateo de la clase" en mi curso de Teología. Objetaba a cada momento, sonriendo con sarcasmo, o expresando, por medio de un suspiro o un gemido, su negativa a la existencia de un Dios Padre que nos ama incondicionalmente. A pesar de todo, convivimos en una paz relativa durante un semestre, aunque tengo que admitir que a veces llegaba a hartarme.
    Cuando, al terminar el curso, vino a entregarme su examen, me preguntó en un tono algo cínico: "¿Cree usted que alguna vez encontraré a Dios?“
    Inmediatamente decidí usar la técnica de la terapia de choque: "¡No!“ -le dije muy enfáticamente. "¿Por qué no?“ -me respondió- "creí que ése era el producto que usted vendía.”
    Dejé que estuviese cerca de la puerta del aula y alcé mi voz para decirle: "¡Tommy! Creo que tú nunca encontrarás a Dios, pero estoy absolutamente seguro de que Él te encontrará a ti."
    Se encogió de hombros y salió de mi clase y de mi vida.
  Me quedé algo frustrado pensando que no había captado mi ingeniosa observación: "¡Él te encontrará a ti!“. Por lo menos, yo pensaba que había sido ingeniosa.
    Algún tiempo después me enteré de que Tommy se había graduado y me alegré de ello. Más adelante me llegó una triste noticia: Tommy padecía un cáncer terminal.
   Antes de que pudiera ir a visitarlo, él vino a verme. Cuando entró en mi despacho parecía demacrado y su larga cabellera había desaparecido debido a la quimioterapia, pero sus ojos brillaban y su voz tenía la misma firmeza de siempre.
    "Tommy, he pensado mucho en ti... supe que estabas enfermo“ - le dije.   
  "Oh, sí, muy enfermo", -me respondió- "tengo cáncer en ambos pulmones. Es cuestión de semanas."
    "Tom, ¿quieres hablar sobre eso?“ -le pregunté.
    "Por supuesto, ¿qué quiere saber?“ -me contestó.
    "¿Qué se siente al estar muriendo con sólo 24 años?“ - le dije.
    "Bueno, podría ser peor."
    "¿Cómo que peor?"
    "Bueno, peor sería llegar a los cincuenta años sin tener valores o ideales; o llegar a los cincuenta creyendo que beber, seducir mujeres y hacer dinero son 'lo máximo' de la vida."
    (Empecé a recordar el día en que había clasificado a Tommy bajo la "E" de extraño... Me pareció como si Dios me lo devolviera para que él me educara a mí.)
    "Pero por lo que en realidad vine a verlo es por algo que usted me dijo el último día de clase."
    (¡Se acordó!)
    Continuó diciendo: "Yo le pregunté si usted creía que yo llegaría alguna vez a encontrar a Dios. Usted me dijo que no, cosa que me sorprendió mucho. Después usted añadió: 'Pero Él te encontrará a ti'. Estuve pensando mucho en eso, aunque no se puede decir que mi búsqueda de Dios fuera muy intensa por aquel entonces."
    (Mi ingeniosa observación... ¡había pensado mucho en ella!)
    "Pero cuando los médicos me extirparon el tumor que tenía en la ingle y me dijeron que era maligno, fue cuando empecé a buscar seriamente a Dios. Y cuando el cáncer se extendió a mis órganos vitales, empecé a golpear fuertemente con mis puños las puertas del Cielo... pero Dios no salió. De hecho, no ocurrió nada”.
    “¿Alguna vez ha tratado de hacer algo con mucho esfuerzo sin obtener ningún resultado? Uno se harta psicológicamente, se aburre de intentar e intentar... y, finalmente, uno deja de hacerlo.
    Bueno, pues un día me desperté y en lugar de seguir lanzando mis ruegos inútiles a un Dios que posiblemente no estuviera allí, me rendí... Decidí que en realidad no me importaba Dios, ni una vida después de la muerte, ni nada que se le pareciera. Decidí pasar el tiempo que me quedara haciendo algo más provechoso”.
    “Pensé en usted y en su clase, y recordé otra cosa que nos había dicho: 'La mayor tristeza es pasarse la vida sin amar. Pero sería igualmente triste pasar por la vida sin   haberle dicho a los que uno ama cuánto los ama'. Así que empecé por el más difícil: mi padre.
    Él estaba leyendo el periódico cuando me acerqué.
    "Papá"
    "¿Qué?“ - preguntó sin levantar los ojos.
    "Papá, quisiera hablar contigo."
    "Bueno, habla."
    "Papá... es algo verdaderamente importante."
    Bajó el periódico lentamente, "¿De qué se trata?"
    "Papá, yo te quiero mucho. Sólo quería que lo supieras."
    (Tom me sonrió, mientras me lo contaba, con satisfacción, como si sintiera un gozo  cálido y secreto que fluía a través de su alma).

    "El periódico se cayó de sus manos. Entonces mi padre hizo dos cosas que no recuerdo que hubiese hecho antes: lloró y me abrazó. Estuvimos hablando toda la noche, aunque él tenía que ir a trabajar al día siguiente. Me sentí tan bien estando cerca de mi padre, viendo sus lágrimas,   sintiendo su abrazo y oyéndole decir que me quería...
    Fue más fácil con mi madre y con mi hermano pequeño. También ellos lloraron conmigo y nos abrazamos y nos dijimos cosas bonitas los unos a los otros”.
    “Compartimos las cosas que habíamos guardado en secreto durante tantos años. Sólo me arrepiento de una cosa: de haber esperado tanto tiempo...  Ahí estaba yo, comenzando a abrirme a todas las personas que siempre habían estado tan cerca de mí.
    Entonces, un día abrí los ojos y... ¡Allí estaba Dios! No vino a mí cuando yo se lo rogaba. Me imagino que yo me había portado como un domador, sujetando el aro para que un animal saltara: '¡Vamos, salta! Te doy tres días, tres semanas.'
    Aparentemente, Dios hace las cosas a Su manera y a Su hora. Pero lo importante es que Él estaba allí. ¡Me había encontrado! Usted tenía razón: me encontró aún después de que yo dejé de buscarlo."
    "Tom“ - le dije casi sin aliento, "creo que estás diciendo algo más importante de lo que te puedas imaginar. Por lo menos para mí, lo que estás diciendo es que la forma más segura de encontrar a Dios es la de no verlo como una propiedad particular, un solucionador de problemas, un consuelo instantáneo en tiempos de necesidad, sino abriéndose al amor. ¿Sabes?, el apóstol San Juan ya lo había dicho: 'Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.'"
    "Tom, ¿podría pedirte un favor? – pregunté - Fíjate, cuando te tenía en mi clase eras una verdadera molestia, pero ahora puedes compensarme por todo... ¿Vendrías a mi clase de Teología y les contarías a mis alumnos lo que acabas de contarme a mí? Si yo se lo contara, no tendría el mismo impacto que puede tener al contárselo tú."
    “Oh...yo estaba preparado para hablar con usted, pero no sé si lo estoy para hacerlo en su clase.”
    "Piénsalo, Tom, y si te sientes preparado, llámame."

    Tom me llamó a los pocos días y me dijo que estaba dispuesto, que quería hacer eso por Dios y por mí. Así que acordamos la cita, pero Tom nunca pudo llegar... Tenía una cita mucho más importante que la mía. Por supuesto, su vida no terminó con la muerte, sólo cambió. Él dio el gran salto de la visión de la fe a la visión real. Encontró una vida más hermosa que todo lo que ha visto el ojo humano o que la mente humana ha podido imaginar.
    Antes de que muriera, hablamos por última vez:
    "No voy a poder ir a su clase“ -me dijo.
    "Lo sé, Tom.“
    "¿Les hablará usted por mí? ¿Le hablará al mundo entero por mí?”
    "Sí, Tom, les hablaré. Lo haré lo mejor que pueda.”
    Así que, a todos ustedes, que han tenido la paciencia de leer esta sencilla historia sobre el amor de Dios, gracias por escuchar.
    Y a ti, Tommy, te confirmo que traté de hacerlo lo mejor que pude...

 (Rev. John Powell
Profesor de la Loyola University de Chicago.)



LA SOPA DE PIEDRAS
 
Un soldado herido buscaba de comer; llegó a un pueblo y llamó a una casa. Le abrió una mujer.
- ¿Podríais atender a un pobre soldado, herido de guerra?
- ¿No sabéis que en este pueblo pasamos hambre  mil y una necesidades? ¡Lo poco que tenemos es para nuestros hijos!
El soldado probó en todas las casas, pero la respuesta siempre fue ¡NO! A punto de marchar del pueblo sintió las voces de unas chicas jóvenes. El soldado tuvo una buena idea.
- ¡Hola chicas! Puedo haceros una sopa de piedras buenísima.
- ¿Una sopa de piedras? – se rieron. ¿Cómo harás la sopa?
Las chicas lo seguían dispuestas a tomarle el pelo.
- ¡Primero necesito una olla grande!
- ¡En casa tengo una! – dijo la chica más risueña.
Llenó la olla con agua; las chicas prepararon un fuego y el soldado puso la piedra dentro de la olla y tras probar, dijo:
- ¡Buena, muy buena! Pero quizás falta un punto de sal...
- Yo te la traeré – dijo una de las chicas.
Cuando pasó un rato, la volvió a probar y dijo:
- Le faltaría un poco de tomate.
Y así les fue pidiendo un poco de cebolla, un poco de patata, un poco de pollo, un poco de zanahoria, un poco de…
El olor llegó a las casas y la gente, con hambre, salía de sus casas con un plato en la mano. El soldado les ponía caldo. Todo el mundo comió. Todas las familias habían aprendido que compartiendo lo poco que tenían podían salir adelante.
- Quédate con nosotros por favor – le pedía la gente del pueblo.
- Gracias pero he de ir a otros pueblos. Hay gente que todavía no ha aprendido a compartir.